lunes, 28 de abril de 2014

La memoria del agua

Por Fernando Callero (*)

Hay un papelito dando vueltas por la casa. Viene discreta pero insistentemente apareciendo todos estos días en ciertos cajones, marcando páginas de libros, aleteando entre otros memos en un pincho junto al monitor, resistiendo con energía suplicante ya varios arrebatos de limpieza.

Esta mañana inesperadamente gris de fines de noviembre, mientras él se prepara para bajar a la playa a dar un paseo, el papelito vuelve a aparecer, asomando una oreja desde un bolsillo trasero del jean. El gesto de pescarlo haciendo pinza con dos dedos le recuerda esas cotorritas que pican tarjetas de la suerte en las películas, sólo que para él no habrá profecía, ni noticia, ni advertencia de peligro, sino una fecha mal trazada a tinta, con el reclamo de una tarea de paseo, colección y escritura que se había propuesto en relación con ella.

“24 de octubre. Cómo inaugurar el río”. Esto decía el dichoso papelito.

Desde ese pasado cercano, apenas un mes, (pero también ya como desde otro planeta, ahora que volvieron las lluvias y las rachas de viento frío), la anotación le trae a la memoria aquella mañana de octubre en que un calor precipitado y extraño lo había sacado de la cama temprano, apenas pasadas las ocho. En esa ocasión, mientras desayunaba mates dulces con limón y las voces de la radio sonaban con la estridencia particular de las emisoras en verano, la idea de cómo inaugurar el río tan temprano esta temporada le había comenzado a rondar, y fue entonces que la anotó junto con la fecha para no olvidar escribir algo sobre el tema en su blog. Pero como las plumas sólo pueden refrescar puestas en un abanico, se puso una malla debajo del short, las antiparras al cuello y bajó al río.

Yendo por la cortada Mateo Booz ya se vislumbraba, sobre el remate transversal del terraplén, toda la eclosión de los vegetales florecidos: el coral de los “Clarines de guerra” (esa bignonia de flores rojas de diseño atrompetado), las crines amarillas de la Cinacina, en relevo de los botones afelpados, ya caídos, de un amarillo más oscuro, del aromito, y el romántico corazón sangrante de Anahí (“Cuando ella cantaba, hasta el río rumoroso parecía callar para escucharla”), la indiecita quemada, patente en los rojos pajaritos del ceibo, y la banda sonora de los otros cientos de pájaros vivos, apeándose en las ramas invisibles. ¡Había ya tanta luz arriba!

Espumante y de lecho barroso, con campanillas rasantes de luz estrellando sus reflujos, el río marchaba. Se sacó la ropa y tentó con un pie la borra flamante del agua en un punto bajo de la orilla. Continuó caminando a la vera unos metros para alcanzar la barranca. Antes del club “El julepe”, detrás de la Municipalidad, está la zona más confiable para nadar. Los pescadores no tienden allí sus mallas antirreglamentarias ni sus capciosos espineles. Entrando en clavado, superando las rayas enterradas en el barro de la orilla, escuchó bajo el agua el zumbido de una lancha que se perdía, y enseguida ese zumbido o frecuencia que, nunca sabría decir si más grave o más aguda, provoca el agua al abrirse y precipitar su torrente en torno de la isla en forma de cuerno, a escasos pocos metros más arriba, a la altura misma de la playa municipal. Ese sonido de signo ambiguo ingresó por el tímpano absoluto de los huesos.

El agua, su esencia balsámica y compleja, basada en una aleación de discretas proporciones de elementos llevados a un punto, como la cocción artificial de los perfumes, le hizo recordar cómo este río, a merced del mismo pulso de correr y caer, alentara en 2003 el colapso del 29 de abril, día del animal y cumpleaños de su amigo Mariano. ¿Cómo era posible? Y entre todas esas reminiscencias, una en particular, cómo se colgó de una “L Bis” aquella tardecita temblorosa de abril, de oscuras y extrañas resonancias, como suele darse en los casos en que primero cunde la alarma y mucho más tarde la información.

La inundación: un género revenido una vez más en real desde la inmunidad de los símbolos literarios.

Colgarse de un cole salido de ruta para cruzar el puente carretero desde Santo Tomé a Santa Fe, con el regalo y la ignorancia del sentido de la marcha de vecinos cortando el tránsito. Colgado, además, apenas, de la inercia de la providencia. Hasta que se bajó en una esquina de 4 de enero y empezó a caminar hacia el oeste, la avenida Freyre, se entiende, a la altura de 1ra Junta, que era una boca de lobo, y al llegar a la avenida diz que vio la mar, pero no se atrevió a tentar el agua aquella vez, porque a la noche y sobre una avenida del centro a nadie le causa ni gracia ni confianza un río, que una vez entrado en la ciudad, más que río es un abismo, y cuánto más cuando nos corta el paso del camino hasta la casa de un amigo.

Con el regalo se hacía pantalla, apoyado en el caño de un cartel, viendo cómo la oscuridad vencía de a poco su resistencia y evolucionaba hacia claridades sobre las que, en negativo, comenzaron a destacarse manchones más oscuros, que al cabo fueron siluetas de barqueros trashumantes sobre lo que en teoría debía de ser el paseo de lapachos que divide los carriles de la avenida, hasta que le habló el hombre aquel: un heladero judío de renombre en Santa Fe, quien lo acompañó solidariamente hasta el local de su heladería, iluminado con un equipo autónomo, y le ofreció el teléfono para llamar al amigo. Esa llamada perdida debe haber sonado bajo el agua, a unas cuatro o cinco cuadras, metiéndose en el barrio Roma.

Pero lo cierto es que al otro día, precisamente el 30 de abril de 2003, y ya de regreso en Santo Tomé, salió a la avenida Luján, por donde se empinaba un viento sur frío y arrebatado, y casi que todo contra un solo pobre tipo que llevaba un colchón enrollado en bicicleta.

“Lleven abrigo y cualquier comida para la parroquia de la curva”, gritó el hombre antes de perderse como una nave fantasma contra la ráfaga.

Y él, que no tenía siquiera una radio para informarse y había pasado literalmente en vela casi toda la noche en su departamento, tratando de matar ese tiempo suspendido concentrándose en estudiar, ahora buscaba, muy fresco, bajo la pertinaz llovizna, un quiosco para comprar puchos, como si nada, y de repente se enteraba, o, lo que quizás venga a ser una expresión más oportuna y feliz, caía en la cuenta. Porque no creo que se haya tratado de otra cosa entonces que de caer.

Ahora camina por la costa desierta, entre estos vientos cruzados y prepotentes, de rachas frías, entreveradas con otras más calientes en un alarde físico de heterotermia. El Salado, patinado de bronce y barro, como el lomo sobado de un percherón, rola sus camalotes cuesta abajo igual que esa mañana despistada de finales de octubre, sólo que la atmósfera hoy es una campana gris de gas metalizado que el verano no ha de tardar en hacer explotar.


(*) Publicada en Rosario/12, miércoles 28 de febrero de 2007. El autor es escritor y habitual colaborador de Pausa.

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